El Antruejo de Velilla de la Reina es uno de los principales atractivos turísticos de este lugar por su gran valor antropológico y etnográfico. Es de los más famosos y visitados de la provincia por el profundo carácter popular y el valor del ritual que conserva y constituye una de las ya muy escasas muestras del antruejo rural tradicional que se celebró en las áreas rurales de la mitad norte de la península desde la edad media. Actualmente la celebración se desarrolla el domingo de Carnaval, fecha en que los gurrios, los toros y otros muchos personajes de muy arcaico y dispar origen, toman el pueblo exhibiendo el más puro antruejo rural tradicional que hoy se puede contemplar en la península.

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EL ANTRUEJO DE VELILLAAsociación Cultural TOROS Y GUIRRIOS

El sentido o significado del Antruejo de Velilla transciende del ámbito meramente folklórico y, para un intento de interpretación, acaso haya que remontarse a tiempos prehistóricos: ritos mágicos de culto, caza y fertilidad que en su mayoría fueron rechazados como paganos cuando el Cristianismo cobró el protagonismo de la historia; sólo algunos de ellos que, estando tan arraigados en la cultura de los pueblos, resulto imposible desterrarlos; se produjo entonces una adaptación del ritual cristiano al hecho pagano. 

Hoy el Antruejo de Velilla conserva muchos de estos valores propios del mundo primitivo: ritos de fertilidad de la tierra y de la mujer en actos como “la conducción del arado y la siembra de cernada” o en los pases que el Guirrio efectúa a las mozas por encima de las astas del toro, culto al animal en la simulación de “los toros”, culto al fuego expresado en la gran hoguera que los mozos, en deseo de purificación, han de saltar y entorno a la cual se desarrolla el cante y el baile hasta altas horas de la noche. Sin embargo, de estos ritos y creencias que han subsistido hasta nuestros días, unos se han convertido en símbolos y otros se han reducido a juegos; lo que podían tener de pagano queda muy diluido y dejan de ofrecer interés para el sector de la sociedad que más los había conservado.

Cuenta también este Antruejo con personajes de gran arcaísmo y profunda significación: “guirrios”, “vejigueros”, “la máscara”, “la gomia” etc. Dispone asimismo de los elementos más comunes del carnaval rural tradicional: “antruejos”, “representaciones agrícolas”, “parodias religiosas” y todo ese espíritu bullarguero que encierran actos como “la cachiporrada”, “el encisnao”, “la cencerrada”, “las comedias o discursos” en las que el glosador local expresa, con gracia e ingenio, los más recientes acontecimientos del pueblo, contados de forma tal que la risa y el regocijo de la concurrencia brotan espontánea y estrepitosamente; y en general, un sinfín de bromas sencillas que sólo se entienden en una sociedad rural menos consumista y en una época en la que los medios de comunicación no habían penetrado tan masivamente.

A todo esto hay a añadir el baile popular de “jotas”, “brincaos”, “titos”, “el agarrao”, etc., con pandereta más antiguamente y luego con dulzaina y tamboril; y como no, el traje regional, porque el manteo y el pañuelo del ramo visten los días grandes de fiesta.

Así pues, en el Antruejo rural se sintetizan y aúnan infinidad de elementos: la herencia de rancias tradiciones asociadas al ritual cristiano, enriquecidas por personajes y costumbres ancestrales y empapada de “lo popular” ha formado un todo unitario incapaz de distinguir ni el orden cronológico, ni siquiera el sentido que dio origen al carácter lúdico con que hoy se celebra. No se trata solamente de supervivencias a las que haya que buscar un fondo único y común, sino que también han tenido mucho que ver las intenciones de los grupos sociales por los que ha pasado a lo largo de la historia y como no, la monotonía en el tiempo y en el espacio. 

Crucial momento es el presente de hoy para asegurar la supervivencia de todo esta rico ritual, de incalculable valor sociocultural, que en Velilla ha acumulado un largo tiempo de vivir. La solución de continuidad de estas celebraciones únicas, genuinas y originales, que el paso de los años y el cambio de formas de vida no deben desvirtuar ni el más insignificante de sus principios y su sentido, quizá esté en el amor propio de los vecinos que les lleva a no dejar perder esas pequeñas cosas capaces de definir nuestros pueblos, por próximos entre sí que se hallen, a través de alguna muy peculiar característica. Los Velillenses debes ser conscientes de la riqueza de su Antruejo, los deben cuidar y mimar y los han de hacer con orgullo y la conciencia de que sí acaso en ellos les fuese mucho.

En la celebración actual del Antruejo de Velilla podemos ver:

  §  Por un lado encontramos la representación de una serie de ritos antiquísimos, celtas o prerromanos e incluso prehistóricos; actos estos que referencian la fertilidad de la tierra y de la mujer, la veneración de animales y del toro como semental, el culto al fuego, etc. y que se escenifican mediante la arada, la hoguera, las animalizaciones del toro y de otros animales, etc. Ritos que llegaron hasta mediados del siglo pasado asociados a estas fechas, pero que originalmente se realizaban en diferentes épocas del año: primavera, cambio de año, etc.

§  También se conservan una serie de personajes y elementos procedentes del entorno rural de la Edad Media, principalmente mascaradas, que aquí también se denominan “antruejos”; siendo el personaje más importante el “Guirrio”.

En Velilla se han recuperado y se recrean diversos tipos de guirrios muy arcaicos que calzan abarcas de pellejos, visten pieles de animales, cubren la cabeza con máscaras de madera, piel, huesos, van cargados de cencerros con cuyo ruido pretenden ahuyentar a “los malos espíritus” y portan garrotes, vejigas, tenazas, carracas y matráculas para hostigar a los vecinos.

Además hay recreaciones de guirrios mas evolucionados en cuanto a su indumentaria, (s. XIX, XX) y que visten linos blancos, se engalanan con pañuelos merinos de colores, cintas de seda y cubren la cabeza con unas vistosas y coloridas máscaras cónicas de cartón, adornadas con abanicos y papeles de colores.

Otras mascaradas que se recogen en el antruejo de Velilla y que fueron muy populares durante la edad media son: la gómia, la zampa, la mula, el oso, el pellejo, el hombre de las tenazas, los barrigones, etc.

§  Por último, en el antruejo de Velilla y en paralelismo con esta celebración en cualquiera de los pueblos de la provincia hasta la guerra civil del XX, se conserva lo que era más popular en el entorno rural en este festejos en los siglos pasados: principalmente la fiesta de traje regional, el baile con pandereta y posteriormente con chifla y tamboril o con dulzaina y los actos y representaciones propias de estas fechas, tales como “el encisnao”, “los discursos”, “las parodias agrícolas y religiosas” y, lógicamente, los disfraces del carnaval contemporáneo.

Hoy los personajes más importantes del antruejo de Velilla son “el Toro y el Guirrio de blanco”, sin embargo, mientras que en otras localidades de la provincia estas dos figuras se dan por separado, en Velilla aparecen emparejadas. Los portan los quintos, quienes realizan en conjunto la labor de fustigar a la gente en general y en particular a las mozas casaderas, a las que cogen y voltean, haciéndolas saltar por encima de las astas del toro, escenificando así un claro rito de fertilidad de la mujer.

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EL ANTRUEJO DE VELILLA DE LA REINA, UNO DE LOS RITOS CARNAVALESCOS MÁS ANTIGUOS DE ESPAÑA

Autor: David Gustavo López

Los sustratos prerromanos conservados en muchas costumbres leonesas, junto con el carácter acusadamente rural que esta provincia ha mantenido hasta fecha reciente, han propiciado la conservación de numerosas manifestaciones populares que sin duda constituyen uno de los patrimonios inmateriales más variados y vistosos de España. Ejemplo de ello son los carnavales tradicionales, también denominados antruejos por derivación de la antigua palabra leonesa “entroydo”, en referencia a la entrada de la Cuaresma. Velilla de la Reina, pueblo perteneciente al municipio de Cimanes del Tejar, en la transición entre el Páramo y las riberas del Órbigo, celebra uno de los más reconocidos de la provincia, declarado por la Diputación “Manifestación de Interés Turístico Provincial” y que bien merecería la tan perseguida declaración de Interés Turístico Regional que tanto le está costando obtener.
El Antruejo de Velilla, adormecido desde la década de los cincuenta del siglo pasado por causa de la censura que el régimen franquista impuso a los festejos de Carnaval, volvió a ser recuperado en 1979 por la mencionada Asociación “Toros y Guirrios”, sin menoscabar su espíritu y ritos originales que pueden catalogarse entre los más antiguos de España.
LA SIEMBRA DE LA CERNADA
Con sencillez, casi para disfrute exclusivo de los propios vecinos, el Antruejo comienza a primera hora de la noche anterior al Domingo de Carnaval con dos rituales simultáneos: “la siembra de la cernada” y “la cachiporrada”. El primero tiene gran parecido con una antiquísima tradición, ya desaparecida, que se celebraba en La Maragatería a principios de año. El prestigioso antropólogo Julio Caro Baroja, en su obra Los Pueblos de España, se refiere a ella en los siguientes términos: “La ceremonia más importante es la de surcar los campos nevados con un arado, siendo el conductor de éste un mozo vestido de mujer, y los que del mismo tiran (los “zamarracos”), otros disfrazados de animales con pellejos y cencerros. Por la índole de los disfraces y la intención satírica de algunos de los versos que recitan los participantes (los “xiepas”), recuerda mucho a la de los “guirrios” de Asturias, aunque en la leonesa la significación ritual es hoy día tan clara como en las fiestas del arado de otras partes del norte, este y centro de Europa”.
La “significación ritual tan clara” es desvelada por Caro Baroja en otros capítulos de su obra: los “zamarracos” que tiran del arado son personajes antiquísimos que probablemente representaban a los espíritus de los muertos y se hallaban en relación con primitivos rituales animistas y protectores agrarios, y lo mismo ocurre con los “zamarrones”, y “guirrios” leoneses y asturianos, los “zomorros” vascos, los “tazarrones” y “zangarrones” de Zamora, los “cigarrons” gallegos y otras figuras similares que protagonizan algunas mascaradas de invierno y Carnaval. Idéntico papel jugarían también otros personajes leoneses propios de estas fiestas: los “jurrus” de Alija del Infantado, los “maranfallos” de Burbia, los “Juanillos” de Castrocalbón, los “zamarrancos” de Riaño, o los “campanotes” y “chocadeiros” de Cabrera. Probablemente todos ellos relacionados con ciertas representaciones de posible carácter animista presentes en algunas pinturas rupestres, incluso de la provincia de León, que Caro Baroja denominó “la Gran Máscara”. Para el ilustre antropólogo, el arado podría ser una representación del miembro viril que penetra en las entrañas de la tierra.
Todo este ceremonial, conocido como “la siembra de la cernada” (ceniza), sigue representándose en Velilla de la Reina. A eso de la media noche, dos jóvenes, vestidos con sacos, se emparejan bajo un yugo y tiran del arado, emulando a una pareja de bueyes. Otro joven, disfrazado de mujer un tanto harapienta (“la abuela”), conduce el arado. Un cuarto personaje, vestido de labrador y con un saco al hombro lleno de ceniza (“el sembrador” o “el labrador”), marcha delante de los bueyes y va sembrando la cernada. Todo un ritual de gran interés etnográfico.
LA CACHIPORRADA Y EL ENCISNAO
Alrededor de los personajes que escenifican “la siembra de la cernada”, otro grupo de mozos y mozas montan jaleo y van golpeando las puertas de las casas con trenzas de juncos, al tiempo que recitan: “¡Allá va la cachiporra, hasta otro año por ahora!”. Es “la cachiporrada”. Si el vecino tiene previsto abrir la puerta, contesta: “¡Allá te va la mía, que es polla y no cría”, lo cual es señal de que acepta el rito. Es entonces cuando los jóvenes “encisnan” su rostro con tizones o corcho quemado (antes se hacía también con unto del eje de los carros), señalando su participación en el Carnaval. Si, por el contrario, los moradores no abren la puerta, recibirán una reprimenda: “Si no quieres responder, mete un cuerno por el culo y aprieta bien”. Lentamente, la comitiva va recorriendo todas las calles de Velilla y, a su término, se juntan con otros vecinos ante una gran hoguera, tradicional símbolo del fuego purificador, para cantar, bailar y saltar por encima de las brasas. La fiesta nocturna concluye con unas sopas de ajo o unas patatas asadas en la lumbre, si es que previamente no se ha dado cuenta de una suculenta chanfaina.
TOROS Y GUIRRIOS
El Domingo de Carnaval, a las cinco de la tarde, en la plaza de Velilla, repleta de visitantes y lugareños –son bastantes las mujeres que acuden vestidas con su elegante indumentaria tradicional-, tiene lugar la fiesta de “toros y guirrios”. Según mandaban los cánones, los actores eran los quintos (mozos que en el año habían cumplido la edad de ser llamados al servicio militar), pero como ya no hay mili ni quintos suficientes tampoco, cualquier mozo es válido para participar en el festejo.
Primero salen los “guirrios”. Visten calzones largos de lino o felpa, camiseta y enaguas blancas bordadas, un gran fajín (el “zurrungallo”), botas de media caña negras y cencerros que les cuelgan por la parte posterior de la cintura y que suenan ruidosamente cuando el guirrio corre y salta. Acerca de este sonido, en las localidades navarras de Ituren y Zubieta, donde el acto principal de sus carnavales es el desfile acompasado de los “joaldunak” –palabra que significa hombres que portan cencerros-, era creencia que el ruido de los esquilones ahuyentaba a los malos espíritus y despertaba energías adormecidas de la tierra. Por último, una larga vara de mimbre que los guirrios llevan en su mano servirá para poner orden y fustigar a cuantos encuentren a su paso.
El elemento más llamativo del atuendo de los guirrios es la gran máscara de aspecto agresivo que cubre su cabeza y que se alarga por la parte superior con una especie de cucurucho, cubierto por numerosas escarapelas o cintas de papel multicolor, en cuyo vértice remata un gran abanico de colores, cual si fuera el Arco Iris. De toda la vestimenta son precisamente estas máscaras las que tienen un origen y significado más difícil de interpretar, si bien, una teoría esbozada por mí en alguna ocasión mantiene que, al menos los abanicos, son incorporaciones posteriores a la máscara demoníaca tradicional, probablemente aportadas por algún indiano de la zona que traía el recuerdo de los tocados de ciertas indumentarias precolombinas, todavía mantenidas en ceremonias y certámenes folclóricos, como las danzas de los “quetzales” y de los “huahuas”, muy extendidas en los estados mexicanos de Veracruz y Puebla. Dichas ceremonias están vinculadas casualmente con los mismos motivos que se hallan en el origen del Carnaval, pues se trata de un rito agrario en honor del dios Xipe Totec, uno de los cuatro grandes dioses aztecas de la creación, señor de la región donde sale el Sol, de la fertilidad y de la vegetación que renace cada primavera. Entre el curioso atuendo de los danzantes destaca el cono que cubre su cabeza y el gran abanico casi circular que lo remata, elaborado con varillas de carrizo entrelazadas con papeles de colores, de tal forma que parecen simbolizar el astro Sol o el Arco Iris.
A continuación de los “guirrios”, los “toros” salen a la plaza. Son mozos ocultos bajo un armazón de madera (dos palos longitudinales y cuatro transversales) cubierto con una sábana. En la parte frontal lleva dos cuernos de vaca, y una cinta adornada con motivos florales (la “colonia”) recorre todo su lomo y pende por la parte de atrás a modo de rabo.
Como si de una corrida se tratase, los guirrios torean a los toros, pero sin capa ni muleta. El toro embiste al guirrio y éste lo esquiva con hábiles malabarismos que hacen divertida la fiesta. Con frecuencia, el toro acomete contra el público y, especialmente, contra las mozas, también hostigadas por el guirrio que, cogiéndolas por la cintura, las hace pasar repetidamente por encima de los cuernos del toro. Es en este último detalle donde muchos etnólogos ven reminiscencias de antiquísimos ritos ligados con el culto al toro, símbolo de la procreación y de la fertilización de la tierra, que tan extendidos estuvieron en la Península Ibérica. El profesor José María Blázquez, en su obra Primitivas Religiones Ibéricas, no pasó por alto este detalle velillense: “Esquivando al toro con los propios vestidos y recibiendo en ellos y en el propio cuerpo las acometidas del animal, la joven recibe el poder fecundante propio del macho”.
Antiguamente, según Emiliano Blanco, alma del Antruejo velillense, los rituales entre guirrios, toros y mozas tenían un carácter puramente local. Las embestidas, que comenzaban el Domingo Gordo, se desarrollaban en cualquier calle, tratando de coger desprevenidas a las mozas, para lo cual los toros solían contar con la complicidad de las mujeres casadas. La gran exhibición de toreo se celebraba el Martes de Carnaval, en el centro de un corro formado por los vecinos, y al término de la misma cada guirrio agarraba a su toro por un cuerno y, todos juntos, hacían la venia, al tiempo que desvelaban su identidad, tal y como también hoy concluye la corrida.
El Carnaval en la plaza de Velilla no sólo consiste en la representación de los “toros y guirrios”, sino que en él también concurren otros seres extraños, aquí llamados “antruejos”: la “gomia”, especie de monstruo cuya cabeza es la del esqueleto de un caballo; los “toros de saco”, portados por chavales más jóvenes y cuyas embestidas son más temidas por las mozas que las de los blancos; el “oso”, haciendo continuo alarde de fuerza; el “cerdo o jabalí”, con cabeza de este animal, vestido de saco y grandes cencerros colgando de su cintura; la “máscara”, con una oscura y terrorífica careta de madera; el “hombre de las tenazas”, que persigue a las mozas e intenta levantarles la ropa, etc. En derredor, una bulliciosa chiquillería, cada cual con un característico disfraz infantil, le da colorido y participación a la fiesta. Toda esta extraña comitiva parece haberse escapado de algunos ritos de las fiestas lupercales romanas y del primitivo festival celta del Imbolc, reminiscencia, a su vez, de prehistóricos rituales donde los participantes trataban de imbuirse o de traer al poblado las cualidades del ser totémico representado: fuerza, bravura, fecundidad, etc., normalmente atribuidas a los espíritus de los familiares desaparecidos.
Como broche a la fiesta, el pueblo invita a todos los asistentes a la degustación de rosquillas caseras, flores y orejas de Carnaval. Un chispeante toro de fuego, al oscurecer, y una verbena al son de una tradicional orquestina ponen fin a esta manifestación popular leonesa.

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MASCARADAS Y VAQUILLAS - Concha Casado Lobato

En los tradicionales antruejos o carnavales de los pueblos leoneses –así como en otros lugares de España, hacían aparición unos toros o vaquillas que consistían en un armazón de madera, recubierto por una sábana o manta, y con un par de cuernos. Bajo este armazón o disfraz iban dos mozos embistiendo a todo el que encontraran. Solían ir estas «vaquillas», en algunos lugares, acompañadas de toreros o «guirrios» de abigarrados y coloridos atuendos, que todavía conservan en pueblos de las riberas del Órbigo, como Llamas o Velilla la Reina.  En las riberas del Jamúz, junto a estas máscaras de animales, que embestían las gentes, se oía el ­fuerte sonido de la chifla de barro que para estas fiestas habían hecho los alfareros de Jiménez. Y en tierras de Valdevimbre, después de la merienda en las bodegas, la tarde del Domingo de Carnaval, aparecía «el toro» por las calles persiguiendo a todos de un lado para otro.

En la célebre zafarronada de Omaña, descrita por ­el P. César Morán con todo lujo de detalles, veía­mos también un toro, al lado de la «mula ciega» (un muchacho que se colocaba sobre los hombros de otros dos e iban tapados con colchas; el de encima llevaba un cabezal, de cuyo ramal tiraba alguno de la comitiva). El cortejo de los carnavales omañeses tenía un conjunto de interesantes personajes; entre ellos, los zaraffones vestidos con pieles de oveja y cinturones de cencerros.           

Por tierras bercianas volvemos a encontrar los toros o vaquillas en diversos lugares. En San Pedro de Olleros –según Alonso Ponga- los protagonistas principales del Carnaval eran unas máscaras que presentaban una vaca, un toro y un burro. La juventud del pueblo acompañaba a estas mascaradas con música de gaita, pandereta y tambor, y con ellas recorrían las casas de los vecinos, pidiendo para una merienda. Y en Noceda del Bierzo destacaba en los carnavales un disfraz de toro, que llevaban entre dos personas, y que paseaba por el pueblo amedrentando a la gente.

En las montañas de Villafranca, recogimos información hace unos años sobre el toro o vaquilla que salía en los antruejos y, también, sobre las grandes hogueras que encendían el martes de Carnaval en pueblos como Cantejeira, Tejeira y Balboa. En éste último lugar bajaban la leña del monte en un carro, tirado por los mismos mozos, y hacían la hoguera a la puerta de la iglesia, y alrededor de ella se organizaba un animado baile al son de pandereta.

También son hogueras celebraban el comarca de Riaño los antruejos, y nos lo recuerda Acacio Sierra Reyero en aquél librito que escribió hace una decena de años: “Todos los años, la noche de carnaval, los chicos hacían dos grandes hogueras... dedicábamos varios días a cortar y recoger escobas y matas, y en dicha noche penderles fuego. Había que cronometrarlas para saber cuál de las dos duraba más y daba más resplandor, iluminando más al pueblo; se prendían a las ocho de la noche y con la luz que daban se veía como si fuese de día”. Y en Riaño, por los carnavales no solían disfrazarse de toros o vaquillas, pero sí toros de carne y hueso que peleaban la tarde del domingo gordo, ante una multitud entusiasta. Y así quedó recogido en aquella novela de Antonio Valbuena, La Caza mayor y menor (1913) donde nos narra todo el ceremonial de la pelea del toro e Riaño con el de Siero, en una tarde de Carnaval.

Si consultamos la monografía sobre El Carnaval de Julio Caro Baroja, hallaremos reseñado el disfraz de toro o vaquilla en los carnavales de muchas regiones de España, con peculiaridades curiosas, según los distintos lugares y comprobaremos que también se encuentran mascaradas semejantes en otros países europeos y americanos. Este ilustre antropólogo descubre una cierta relación con personajes de la fiesta de las “Calendas” de enero, y recuerda la condena por parte de la iglesia, para los hombres que se disfracen de animales o de mujeres.

Fiestas populares que hunden sus raíces en tiempos muy lejanos, que surgían cada año con naturalidad, sin necesidad de ser patrocinados y, menos organizados por las autoridades municipales.

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 EL NACIMIENTO DE LA MÁSCARA TRADICIONAL DEL ANTRUEJO Y SU POSTERIOR EVOLUCIÓN - Joaquín Alonso

             La máscara de carnaval supone una ocultación con la que transgredir la realidad cotidiana para hacer visible otra bien distinta, en cuya apariencia, normalmente, subyace una simbología de acuerdo a lo que se quiere representar.

            Resulta harto difícil descubrir su verdadero origen, pero siempre ha estado asociada a situaciones anímicas del hombre. Cultos, ritos, magia, deificaciones, contravenciones, representaciones, son los contextos de la máscara, cuyo nexo justificativo quizá se encuentre en el desdoblamiento de la personalidad humana, que busca una nueva dimensión de sí  misma o, en el caso de la cultura tradicional, el mecanismo de empatizar con la naturaleza –digamos entorno- y con una imaginada e indefinible fuerza superior que, especialmente en os pueblos primitivos, pudo aproximarse, incluso, a la idea de dios, a través de los rituales en los que se utilizaba.

              Las máscaras del siglo V antes de Cristo de la antigua Grecia, tuvieron en la práctica teatral su razón de ser. Posiblemente sean el nexo cultural más lejano que poseemos respecto a las que en la actualidad forman parte cualitativa del Carnaval. Después de todo, el acto carnavalesco es una representación que convierte por un día el espacio “ordenado” donde habita el hombre, en una gran teatro en el que no se sabe dónde está el actor y dónde el espectador, porque ambos se funden durante unas horas en la transgresión,  porque el que no se disfraza no forma parte de la fiesta. Tal quebrantamiento del orden, susceptible de continuas prohibiciones a lo largo de la historia, tuvo y tiene dos ámbitos de desarrollo: el mundo rural y el mundo urbano.

              Ambos, pero sobre todo el primero, están sujetos desde el punto de vista de la careta, a una simbología psicológica y social en la que predomina la confusión de lo preestablecido. Es una manifestación en la que se produce a la vez un triunfo y una derrota, una lejana festividad saturnal por la que se celebra el alejamiento del invierno y la renovación de una próxima primavera, un adiós cristiano al estado del orden habitual previo a la Cuaresma , para entrar en otro ayuno y abstinencia: es el antruido, antroido, antruejo, término citado como forma dialéctica leonesa en la manera de entroydo, en documentación de 1229 del monasterio de Sahagún. Es, por tanto, la transformación de lo uno por lo de otro a través del disfraz y de la máscara: guirrios, zafarrones –zamarrones, zamarreiros-, jurrus, birrias, vejigeros, paparrachos –paparrajos-, juanillos o arrumacos –que casi todos son los mismo pero con las características propias de cada localidad-, y madamas, tararas, gomias, mulas ciegas, toros y toreros..., tan propios de Velilla de la Reina, Llamas de la Ribera, Alija del Infantado, Carrizo de la Ribera, Sardonedo, Riello, Valle Gordo, Noceda del Bierzo, Turcia, Calzadilla de los Hermanillos... Caretas y ropajes que no tratan tanto de ocultar como de representar un nuevo ser provisto de unos contenidos simbólicos, sobre todo en las máscaras diabólicas, en las que simulan ser seres míticos o en aquellas otras de carácter zoomorfo, donde tambien es permisible la calavera de algún mamífero, tal como se hacía en Alcoba de la Ribera. Caro Baroja y Luis Maldonado las han llamado “máscaras fustigadoras”, las que atemorizan y subvierten, las que ocultan el autor del agravio cuando no se satisfacen las cuestaciones que van a permitir una comilona con que despedir por un tiempo la posibilidad de cualquier festejo, y la algarabía de los filandones.

           Las máscaras, a su vez, destacan sobre una vestimenta blanca, posiblemente antiguo uniforme que se repite en otras áreas de la geografía hispana. Un color neutro sólo alterado por los cintos de cencerros que acompañan la vestimenta, que tienen como finalidad un alborozo sonoro con el que se pretende ahuyentar a los malos espíritus y crear una ambiente follonero.

           Las caretas, por el contrario, están llenas de coloridos penachos y abanicos en color rojo, azul, verde y blanco con que se rematan sus formas alargadas y de gesto acusado. Las que representan animales, como osos, ciervos, toros..., seguramente tengan su origen anterior, mas imbricados en ritos de índole panteísta y totémico. Una mascarada, en definitiva, cuya jocosa manifestación concluye con el entierro de la sardina, una acto que Julio Caro Baroja consideró equívoco, pues la sardina no era precisamente un pescado, sino una canal de puerco que en la antigüedad enterraban al iniciarse la Cuaresma.

            Se daba sepultura, por tanto, a un trozo de carne que era la transfiguración de las carnes tolliendas. El acto que finiquita el Carnaval, entonces ¿no podría ser una manifiesta burla ante la obligada abstinencia impuesta por la doctrina católica, que obligaba a sustituir los alimentos cárnicos por la pescadería?. ¿Es que, acaso, el Carnaval no puede ser una expresiva rebeldía ante las prohibiciones que se avecinan? 

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ANTRUIDO, ANTRUEJO: TOROS, ZAFARRONES, GUIRRIOS Y CENCERROS.  EL PORQUÉ DE LOS ANTRUEJOS DE VELILLA DE LA REINA Y SUS HOMÓLOGOS -  Héctor-Luis Suárez Pérez.

          En la península ibérica son numerosos los ejemplos de personajes que, ataviados de forma grotesca o desagradable a base de máscaras, de pellejos y trapos viejos, y cargados de cintos de cencerros o esquilas, se dedican durante los días principales de la celebración del antruejo o carnaval, a atemorizar, entiznar, perseguir a vejigazos con vejigas hinchadas, o mojar a jeringazo limpio y, en general, a hacer correr ahuyentados por su siniestra presencia a todos sus convecinos, en especial a los de menor edad y a los de sexo femenino, participación activa o pasiva que en la geografía leonesa se conoce como "correr el carnaval". Estas ruidosas comparsas enmascaradas han sido objeto de estudio por parte de antropólogos y etnógrafos de toda Europa, pues se repiten salvando los matices, en grandes extensiones de este territorio. En el caso concreto de la realidad hispana, quizá sin ninguna objeción entre sus colegas, el desaparecido Julio Caro Baroja, principalmente a través de su obra El Carnaval, sea quien mejor puede figurar al frente del ramillete de autores que han dedicado su trabajo y obra a atender este tema. Así y dentro del periodo del año que para este investigador comprende el ciclo del antruejo o carnaval, es decir entre la despedida del año viejo y el inicio de la cuaresma, aparecen clasificadas, perfectamente detalladas y estudiadas en dicha obra numerosas modalidades de estas mascaradas, de las que gran número están vinculadas especialmente a la mitad norte del territorio nacional. Algunas de las conservadas han cobrado mayor auge en los últimos años gracias a su explotación turística y destacarían entre un conjunto más amplio: los "cigarrones", de Laza y otros pueblos orensanos de la comarca de Verin, los integrantes del "Zampanzar", de Ituren y Lanz en Navarra, los que protagonizan la fiesta de la "viejanera", en el pasiego oeste de Cantabria, los cientos de devotos "diablos" de "la endiablada" el día de San Blas en Almonacid del Marquesado, o los protagonistas de otros festejos similares zamoranos, extremeños, aragoneses, vascos, de Cuenca o Guadalajara, Cataluña, etc.

           Los territorios comarcales comprendidos en los actuales límites de la provincia leonesa no son y menos lo han sido en un próximo pasado, ajenos a este fenómeno, español y europeo. Alusiones a ello se encuentran en los numerosos trabajos antropológicos, etnográficos, filológicos, etnomusicológicos o costumbristas, redactados principalmente en la centuria que va desde 1850 y 1950. En las descripciones y explicaciones contenidas en sus páginas, en los prólogos y en los vocabularios dialectales de esta ingente obra de autores como el padre Cesar Morán, Alonso y Garrote, García Rey, Fernández Núñez, Krüger, Venancio Blanco, Julio Pujol, y un largo etc., figuran alusiones a múltiples ejemplos de mascaradas o cencerradas de este género relacionado con el antruejo. Desgraciadamente este corpus documental, aunque en su mayoría al alcance de cualquier curioso en los fondos de la Biblioteca Regional M. D. Berrueta, es desconocido por muchos de nuestros paisanos, incluso por algunos que alardean de investigadores de temas locales, y, hasta en alguna ocasión, ha sido injustamente manipulado a nivel social o político por parte de otros.

              Entre las alusiones al "antruejo", "antruido", "antroido" o carnaval, que son algunas de las denominaciones más extendidas por la provincia, y tratando de presentar en las comarcas leonesas ejemplos similares a los localizados a nivel nacional por Caro Baroja para todo el periodo del ciclo del carnaval, se pueden distinguir varios ejemplos. En primer lugar, se encuentran los festejos que teatral izan a través de personajes grotescos y simbólicos, ritos hipotéticamente prerromanos, posteriormente romanizados y también a veces cristianizados, en relación con arcaicos cultos a la naturaleza y a la fertilidad de la tierra, como en el caso de las fiestas saturnales o las kalendae. A ellos pertenecen las "xiepas" de la sierra maragata y otros semejantes, donde estas comparsas aparecían y quizá todavía aparecen, si hay humor entre los vecinos, arando en los primeros días del año la nieve, la tierra de la plaza o la era del pueblo. Un arado y su rejo son tirado por dos de estos personajes cargados de pellejos y cencerros, mientras otro compañero que les sigue va sembrando el surco con cenizas. En otros lugares, como en el babiano Villargusán, en las mismas fechas, solo se dedicaban a "correr el año viejo" por las calles y "echarlo" simbólicamente del pueblo, eso sí, sin faltar los sustos, las bromas y la consabida cuestación y merienda. En Piornedo además ya comían en esos días y durante actos similares las típicas "orejas" dulces de carnaval. Al acabar tales representaciones, como ya he apuntado, estas sorprendentes comparsas recorrían ruidosamente el pueblo recolectando con cestos, y ayudados de sus tenazas, tridentes y forcas, todo tipo de productos comestibles para posteriormente ser degustados en la consabida merienda de mocedad. En algunos pueblos como en Quintana del Monte, esta "función", sinónimo popular de actuación y denominación por la que eran conocidos el conjunto de los actos, se vinculaba al Día de Reyes.

            Hasta no hace muchos años, en el mes de enero y en áreas del sureste provincial, en concreto en pueblos como lzagre o Joarí1la de las Matas, en torno a la festividad de Sta. Brígida, 31 de enero, los quintos, en comparsa, se reúnen con fines, actos e indumentaria similares a los expuestos. Son conocidos como "los brígidos" y degustaban su merienda desde el campanario tocando sin cesar a "tente nube", pues en esa noche la tradición aseguraba que los míticos "renuberos" originaban las tormentas para todo el año. También en enero, sin guirrios o brígidos, se celebraban numerosos los festejos protagonizados por animales vinculados al cristiano culto de San Antonio Abad o San Antón, de los que todavía quedan algunas reminiscencias en lugares como La Bañeza. Ya en febrero, San Blas se celebra entre otros actos con corridas de gallos. Todavía en varios pueblos ribereños del bajo Esla, eso sí, hoy con gallos colgados previamente muertos, se celebran carreras a caballo de este género en las que los participantes intentan el pescuezo del animal en cada pasada. Entre otras localidades se practica en la actualidad en Villademor de la Vega, Sta. Agueda desata el protagonismo femenino, lo que se trasluce en la entrega de la vara de alcalde a las mujeres, desenmascarando un estado de matriarcado encubierto que año tras año vuelve a la luz nuevamente en La Bañeza o en Valderas. En Babia y en relación con este tipo de ritos femeninos, muchos de sus paísanos todavía recuerdan la singular "paliza" en que consistía el dar los cacharrones" por las mujeres a los varones.

            El periodo integrado por el jueves "lardero", jueves o viernes "de comadres", "sábado figolero", "domingo gordo", lunes y martes de carnaval y miércoles de ceniza donde Caro Baroja palantea el triunfo (fin de semana), clímax (lunes y martes) y muerte del carnaval (miércoles), sin olvidar su último rescoldo el sábado de piñata, es en el que, entre otros personajes posteriormente detallados, aparecerán triunfantes las comparsas de guirrios o zafarrones. Estas mojigangas, descritas en El Quijote, se relacionan con antiguas manifestaciones homólogas celebradas en la antigua Grecia, vinculadas a cultos dionisíacos. En el caso leonés, alusiones a las mismas comparsas de zafarrones aparecen desde autores y fuentes literarias más próximos a nuestros días y al período antes reseñado como es el caso de Gil y Carrasco, quien da buena prueba de lo dicho en su descripción de la boda maragata incluida en el apartado dedicado al Maragato de “Los Españoles pintados por sí mismos”, hasta el medieval Libro de Aleixandre, donde igualmente son mencionados. También aparecen relacionados los zafarrones en numerosos testimonios escritos o recogidos por medio de trabajo de campo, alusivos a la cencerrada que se propinaba de modo anónimo a quienes contraían segundas nupcias tras la viudedad. En estos casos protagonizaban burlas y rituales, más allá de lo tolerable, en el caso de negarse los novios a participar de los mismos. El estrepitoso sonido de sus cintos de tejón, ciervo o jabalí, repletos de cencerros y esquilas, hipotéticamente, según los antropólogos, alejaría los malos espíritus a la par que generaba un entorno sonoro muy bullanguero, mientras que, paralelamente, los zumbidos que provocaban en exclusiva en esas fechas haciendo girar sobre sus cabezas sus "bufos" y "bramaderas" ( instrumentos que conservan en su atuendo, entre otros, los Guirrios de Velilla de la Reina), son, según otros autores, entre ellos Cesar Morán, restos de ritos en los que tal vez servirían de ancestral convocatoria a personajes o deidades desconocidas.

           COMARCAS LEONESAS. Entre el diverso mosaico denominativo de estas comparsas aparecen acepciones similares en diferentes comarcas leonesas, que, a su vez lo son a las recogidas en otras provincias limítrofes. Entre ellas destacan los vocablos "guirrio", localizado en Asturias y en León, entre muchos más, en Los Argüellos, Cármenes, La Tercia, o en la zona del Órbigo Alto y Medio, Velilla, Llamas, Carrizo, etc. , o "birria", de idénticas circunstancias en Zamora y en la zona del Sur del Órbigo, Alija, etc. Ambas, están además relacionadas con el nombre del igualmente enigmático, grotesco y "gracioso" personaje que dirige y hace sitio a las danzas de paloteo, en el ámbito religioso. "Gafarrones" y "zamarrones", en Omaña, "campanones", en La Cabrera, "zamarrones" en otros muchos pueblos, o las más particularizadas de "jurrus", en Alija, "xiepas", en la Maragatería Alta, "bríjidos", en el sureste provincial, "paparrajos", en Calzadilla de Los Hermanillos, "juanillos" y "arrumacos" en Castrocalbón, etc. en su conjunto, constituyen ese mosaico lingüístico tan añejo, en el que varios de sus integrantes, de modo tradicional en cada pueblo, han sido empleados para designar las numerosas variedades de tan populares personajes. Llegados a este punto se debe hacer constar que, aunque si bien es cierto que existen pruebas y testimonios de toda índole sobre esta clase de celebraciones, se puede afirmar a la par que, al menos en los últimos cien años, periodo aproximado cubierto por la memoria de los informantes directos o de los tomados de otras fuentes mencionadas, no en todos los pueblos de la provincia existía todo el año la costumbre de realizar dichas "zafarronadas". En esta línea, he recogido testimonios en diversos pueblos, incluso cercanos a los que celebran dichas "guirriadas", donde taxativamente me fue negada su vinculación presente o pasada con dicha localidad. Por tanto, al igual se puede afirmar, que, tampoco en todos los pueblos de una misma comarca se realizaban actos carnavalescos, siendo desconocidos bien por no ser práctica propia y habitual del lugar, por haber caído en desuso desde antaño, o en el momento de mi encuesta, la década de los 80. De todos modos, es de destacar que las memorias de nuestros informantes no abarcan solo a las comparsas de "zamarrones". Hoy se pueden recoger e incluso contemplar, es el caso de Carrizo, testimonios sobre otros personajes propios del carnaval, como la popular "tarara" en Noceda del Bierzo o Carrizo, (ámbitos geográficos bastante próximos por los antiguos caminos y monte a través) que tenía su melodías y chascarrillos propios; o los disfrazados de animales como osos en Cerulleda, Lillo, o Balboa, donde dos vecinos también se disfrazaban de caballos y burros, con la cabeza de cesto o paja e inclinándose el que simula la grupa; de gitanos, médicos etc.; y, especialmente las comparsas de los "toros" y su lidia. De forma individual o combinada, estos personajes y festejos se conservan o han conservado hasta una época bastante reciente en pueblos de prácticamente la totalidad del territorio comarcal provincial, como he podido constatar.

              Los "toros" están formados a partir de un ligero armazón de mimbre o madera, portado por una persona. Se presenta cubierto por una sábana adornada de cintas y a su frente está provisto de dos cuernos entre los que se coloca por lo general un cencerro con el que delata su presencia a los vecinos antes de ser correteados y acometidos por "tan fiero animal". Con su protagonismo, compartido en ocasiones por guirrios y toreros, se llena un espacio importante de estas celebraciones.

              VELILLA DE LA REINA. En la actualidad los de mayor y merecida fama son los de Velilla de La Reina, aunque se celebran o celebraron en numerosas localidades próximas a este pueblo, algunas de antruejos no menos afamados, coloristas e interesantes como Llamas de la Ribera, Sardonedo, Carrizo, Alija del Infantado, Omaña ..., aunque en sus fiestas el toro no las protagoniza casi en exclusiva, ni es el centro de las mismas, convirtiéndose además en ocasiones en toro de fuego. Testimonios de actos parecidos se recogen desde la montaña oriental y central leonesa hasta el Bierzo. Como antes se expuso, el potencial que en la actualidad proporciona el auge del turismo rural, entre otros aspectos, debe contribuir a dinamizar y consolidar estos rituales salvados del olvido por el innegable y meritorio interés de algunas asociaciones culturales constituidas en torno a ellos y por el arropo popular de los vecinos. En menor medida hay que reseñar el apoyo de las instituciones locales, en las que como manda la tradición leonesa y si Dios no lo remedia, es proporcional el desinterés a su magnitud. Destacan a nivel provincial varias localidades orbigueñas, por disfrutar de antruejos más consolidados, en cuanto a la regularidad de su celebración y a su brillantez, y estas son las de Alija del Infantado, Llamas de la Ribera, Carrizo, Sardonedo, Velilla de la Reina, así como Riello, en el caso de la "zafarronada" de Omaña.

            Siguiendo con la localización de ejemplos leoneses similares a los descritos por Julio Caro Baraja y referidos como se ha visto en la obra El Carnaval, no se puede obviar la alusión a "las marzas", que, según los años ya en la Cuaresma, son cantadas en la zona oriental de León, en lugares como Priora y en otros más en torno a la comarca de Guardo (Palencia). En la Historia de Astorga se describe una curiosa costumbre femenina igualmente atendida por Caro Baraja, vinculada a ciertas tardes de cuaresma en las que, jugando, la vecinas hacían añicos los potes de barro ya usados, encontrándose en la línea de otras descritas y comentadas en el mismo trabajo citado. Finalmente la cuaresma es clausurada el Sábado de Gloria especialmente en la ribera del Esla, en pueblos de la comarca de Cistierna, donde se procede año tras año a colgar y quemar el "Judas", personaje antropomórfico especie de "mayo" o espantapájaros que simboliza a Doña Cuaresma y con su quema el abandono definitivo de la misma y todo lo que conlleva, cerrándose así el ciclo anual del carnaval.

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EL CARNAVAL RURAL - Alejandro Valderas

          En el pueblo de Velilla de la Reina, hoy, el carnaval tradicional se celebra y mantiene como una auténtica reliquia cultural. En los últimos años hemos asistido también a la recuperación de los "guirrios" en Llamas de la Ribera, de los "zancarrones" en Riello, del "toro" y el "torero" en Sardonedo, etc.

        Aunque lo más conocido de Velilla son los "Toros" y los "Guirrios", en esta ocasión queremos mostrar a los lectores otros ingredientes de este singular carnaval, recuperados año tras año: los "antruejos" o comparsas tradicionales.

        En toda la comarca del valle del Órbigo existieron antruejos similares, como observamos en la minuciosa encuesta realizada en 1983 por José David Díez Llamas, por la que nos guiamos, así como en la documentación reunida por la Asociación Cultural "Toros y Guirrios" de Velilla.

          En Alcoba de la Ribera y en Sardonedo, "el toro" se hacía acompañar por el "caballo" y el "torero"; con la cara pintada, el gorro, la espada y un banderín rojo. En Santa Marina del Rey, tanto el "toro" como el "guirrio" que le acompañaba, vestían de blanco; los quintos así vestidos, con montera blanca, repartían vino que finalmente pagaba un vecino al que atrapaban y, a rastras, introducían el la taberna. En Turcia y en Alcoba también era blanco el toro, por la sábana que cubría el armazón. Los "guirrios" se conocían en Alcoba, Sardonedo, Secarejo, Palazuelo.

            En Velilla desfilan los "Antruejos", que son como pequeñas comparsas tradicionales, algunos de los cuales pasamos a describir:

          "La cachiporra" que también se conocía en Secarejo, en Palazuelo, en Turcia y en Azadón; donde la comparsa recorría las calles intentando colarse en las cocinas y metiendo nabos y piedras en los pucheros.

            "El encisnao": antruejo que unta de hollín la cara de los vecinos que "pilla" y especialmente la de los forasteros.

             "Los enanos" y los "gigantes": rudimentarios gigantones hechos con simples armazones de madera, instrumentos agrícolas y lonas viejas.

             "El hombre de hierba" o "barrigón" que, vestido con ropas amplias llena los huecos sobrantes con hierba seca o alfalfa, tomando un aspecto fantasmal; armados con varas, los diversos hombres de hierba se zurran unos a otros.

            "La gomia" y la "máscara" que, imitando un animal fantástico o dragón, se fabrica con una quijada de un animal grande (burro, caballo, etc.) y un armazón formando el cuerpo, bajo el que van varias personas como porteadores; eran famosas en Alcoba la gomia y la máscara hecha con una calavera de animal metida en un saco.

             "El hombre de las tenazas" que esconde bajo una gran capa negra unas tenazas de madera, de tijereta extensibles, con las que pincha a los forasteros y en especial a las chicas. La misma "broma" pero de otro tipo se hacía en Turcia: la "forca" (carro sin ruedas) se cargaba de zarzas y se acercaba sin piedad a los vecinos, picándoles las piernas.

               "La conducción del arado"; comparsa en la que unos pastores aran las calles o plazas del lugar, en un antiguo rito de fertilidad agrícola; ha sido estudiada en Andiñuela (Maragatería) por Alonso Garrote y Caro Baroja como una práctica de antiquísimos orígenes.

               Las comparsas antaño recorrían las casas del pueblo, como en Antoñán del Valle, donde formaban niños de la escuela y pedían  "torreños" por las cocinas; si se los daban cantaban: "estas puertas son de lino, que aquí vive un buen vecino" y si no recibían la propina: "estas puertas son de estopa, aquí vive una zampatostas".

               La fiesta de "riega" con vino y se endulza con repostería local. En Carrizo, en tiempos, era la junta Vecinal la que invitaba a los hombres al "Trago" el martes del carnaval y en Cimanes del Tejas acababan las celebraciones con una invitación a vino y escabeche a los mozos, por parte de la Junta Vecinal; en Velilla la mañana del martes de carnaval se convocaba "hacendera" para limpiar los regueros, y por la tarde los "nuevos vecinos" habian de convidar con una merienda de escabeche y vino a todos los vecinos del pueblo.

              Las "orejas" y "flores de carnaval", como se llaman en la zona, se reparten a los forasteros en Velilla durante las celebraciones. Es un dulce típico similar a los fisuelos, hechas con harina, huevo, leche y azahar, que en Azadón y en Cimanes del Tejar se repartían el "Sábado fisolero" previo a las fiestas del carnaval junto con el "hosco" el martes de carnaval o "martes hosco".

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ZAFARRONES, TOROS, JURRUS Y GURRIOS - Luis Pastrana

              Mientras que la práctica totali­dad de los pueblos leoneses se dispone a vivir el Carnaval con intensidad y apasionamiento, mostrando en la calle carrozas, charangas, disfraces y derroche importado, porque las fechas son propicias para ello, algunos hay que han apostado por el costum­brismo arraigado, rescatando varias tradiciones y manifestacio­nes que no habían caído en el olvido, como si tan solo hubiera sucedido un paréntesis temporal en una celebración secular.

            Son aquellos quienes han debi­do apostar por los premios y las subvenciones para revitalizar artificialmente el festejo en la calle, formando una amplísima nómina que antaño quedaba cir­cunscrita a determinados centros de reunión, como los casinos o asociaciones populares, donde la celebración no cabía en la calle o era sólo producto de personas muy concretas, según sucediera en Astorga, por ejemplo, donde los recuerdos añejos del Carnaval se reducen a los bailes de piñata sobre un entarimado especial que había sido colocado en el Teatro Gullón, y las correrías dc personajes singulares como San­tiago el de Santa Clara o Chi­lindrina, gentes peculiares que nunca faltaron en lugares como León, La Bañeza, Sahagún o Villafranca del Bierzo.

VIVEN LO AUTÉNTICO.

             Justo es destacar el valor costumbrista de otros carnavales que han sabido combinar los modos antiguos en las calles asfaltadas. Revivir los antruejos con las máscaras de siempre es el mérito reconocido de Velilla de la Reina, Riello, Llamas de la Ribera, Sardonedo o Alija del Infantado, o juegos entre facciones como alguna vez en los últimos años sucediera en el berciano Sobrado, sin que pue­dan obviarse las hogueras de Bal­boa, los muñecos de Encinedo o la burra de Temor.

             Es el tiempo asimismo para volver a oírse voces antiguas que reflejan un vocabulario exclusivo para la ocasión: gomia, guirrios, zafarrones, birrias, paparrachos o jurrus, e incluso el galicismo madama, pues todos ellos, con máscaras artesanas, deben per­seguir a los no disfrazados, encis­nan o embadurnan a los descui­dados y rompen la monotonía con rasgos de enorme identidad.

              El objetivo siempre es disfru­tar de una suculenta merienda acompañada de dulces tan arrai­gados en esta fecha como orejas, flores, torrijas y fisuelos. El Car­naval en la cultura rural era la última oportunidad de bullicio antes de adentrarse en los rigores de la cuaresma.

EMBISTE EL TORO.

              Un rasgo dis­tintivo de todo este histórico Carnaval leonés es el toro. La meseta, Omaña, ribera del Órbi­go y recuerdos de su existencia en la montaña de Cistierna, ava­lan su amplitud y generalidad. El disfraz era y es sencillo: cuatro palos rematados por unos cuer­nos que evoluciona también hacia un armazón cornudo, un portador o dos a veces cubiertos por una manta de colores, y a simular embestidas que se con­vierten en carreras y desbandada. Todo ello, con variantes según el lugar. En Sardonedo, además del toro hay un torero, que viste , casi como los danzantes de la fiesta sacra mental, pero sin fal­das; y además de la cara pintada portan un gorro pequeño y una espada de madera teniendo la misión de buscar presas para la embestida del toro; los de Velilla de la Reina, rescatados en 1979, espectáculares y arriesgados ejercicio, debido al peso del armazón. procuran igualmente carreras a los espectadores des­cuidados, que asisten gozosos a este espectáculo de enanos, gigan­tes y vejigueros.

             Dicen en Alija del Infantado que si no da miedo, no es jurru paparracho. Vestido con pieles de animales, armado con tenazas de dientes de madera y una vara larga de mimbre para jurriar (un localismo de zurrar o zurriagar), se cubre con careta de madera. Lo de ir armado con tenazas, u otros instrumentos de similar condición, está muy generaliza­do. El encapuchado de Sardo­nero y las máscaras de Llamas de la Ribera también las llevan; tienen la misión de apresar al personal para que suelte un donativo y, si se niega, puede recibir un vejigazo -llevan en la mano una vejiga inflada proce­dente de la matanza de algún animal doméstico-, si es varón, o un rabazo a la mujer, pero en este caso el rabo ha de ser de cordero primerizo y totalmente blanco.

               Conviene fijarse en el antruejo de este Llamas, rescatado en 1983. La máscara, muy barroca, está formada por tres abanicos superpuestos y adornados con papel de llores, que mide poco más de un metro y pesa más de seis kilos. El ves­tuario se complementa con cami­sa de lino blanca ribeteada de flores cruzada por una cinta, que semeja la insignia del guirrio en la tribu, calzones blancos y abar­cas de piel sujetas a la pantorrilla.

LA ZAFARRONADA.

                Dice el P. Morán en un escrito publicado en 1931, que en los pueblos de Omaña los chicos de la escuela, antes de los días de ayuno, ele­gían un zafarrón, que había de ser un mozo ágil y decidido, quien se vestía con pieles de ani­males cubriendo también la cara. Con él al frente, recorrían los pueblos cercanos donde las mujeres les proporcionaban ali­mentos de todo tipo, y los agra­decían con cánticos de los acom­pañantes y piruetas del zafarrón, el cual echaba puñados de ceniza allí donde no les obsequiaban con nada. Al regresar al pueblo, preparaban una gran cena con todos los alimentos recogidos en la casa de algún vecino, prolon­gándose largamente la velada.

                Éste, que es el espíritu original de la farronada omañesa -nombre muy antiguo ya que lafarrón, lamarrón o laharrón aparece en las Partidas de Alfon­so X junto a los juglares-, podía verse complementado con otras mascaradas como la mula ciega (un mozo que se coloca sobre los hombros de otros dos, todos tapados con colchas, y el de arri­ba lleva un cabezal de cuyo ramal tira alguno de la comitiva), el carnero adornado con cintas, paseado por el pueblo, que des­pués era guisado y degustado por todos, abanderados y madamas.

              Extendido el zafarrón por la montaña. cuyas variaciones sobre vestuario son mínimas y depen­diendo de la zona, en Cármenes se cantaban estrofillas como ésta al pedir alimentos por las casa: "Traemos cestas, también trae­mos alforjas, todos traemos bol­sillos paro echar lo que den: pesetas, duros, y monedas de cobre, y chorizos y huevos para freír en sartén".

MUÑECOS Y HOGUERAS

               Una cancioncilla de Villabuena, en el Bierzo, recogida por Diéguez Ayerbe y Alonso Ponga, habla de los disfraces de cambio de sexo, la clásica madama: "Semos los danzantes, semos los papu­dos, y nuesa madama ten coyons como puños..., lo que non se hace hoy, queda pa mañán". Pero en tierra berciana, junto a recuerdos como la vaca foira de Noceda, las rivalidades entre xardois y fachas de paja ardiendo que lle­van solteros y casados en Sobra­do, las visitas por cada casa en Santibáñez de Toral donde no deben ser reconocidos los disfra­zados; pues así tenían derecho a quedarse en esa casa hasta el día siguiente, o las mascaradas para pedir en San Pedro de Olleros, perviven o se promocionan recuerdos ancestrales de estos días.

             Cuentan de Encinedo la cos­tumbre de disfrazarse de animal y los paseos en desfile de un muñeco de paja que finalmente es quemado; o la curiosidad de Balboa donde dicen que los hom­bres toman el puesto de las vacas una vez al año, son uncidos al carro y se trasladan al monte para recoger leña que luego en el pueblo será quemada el martes carnavalesco, así como las gaitas, charangas y mozos que recorren el lugar recogiendo cachuchas de cerdo y lacones con los que hacer un gran pote de caldo con cache­los para degustar los participantes en la fiesta. La curiosidad se halla también en Tremor dc Arriba, donde se sigue recuperando el salir a la burra, un disfraz de esta guisa y una comparsa para pedir por las casas y elaborar la habitual merienda.

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ES TIEMPO DE ANTRUEJO - Pedro García Trapiello.

            Velilla de la Reina, Alija del Infantado, Llamas de la Ribera, Tierras de Omaña, Burbia ancaresa . . .  Son las puertas de la fiesta popular loca y bufa que mejor resisten en el quicio de las tradiciones de esta tierra leonesa, puertas que se abren cada año para que vuelva a encontrar su dibujo original quien quiera inscribirse y escribirse en un tiempo viejo en el que los símbolos son la fe y los ritos su milagro, tiempo celta o medieval, casi eterno, pero no perdido, porque en él están cifrados los gritos con que llamamos al pasado para conjurar el futuro. La fertilidad de las tierras y la fecundidad de las gentes late bajo el pellejo del invierno que intenta espantarse.

A todos los que, cansados de las imitaciones carnavaleras y gestos ajenos, a todos los que busquen el pulso que latió un día en la cuna de nuestras gentes, y a todos los que quieran dar sentido a una fiesta que lo está perdiendo en la simple mascara y el disfraz: Pasen y vean el antruejo en la calle y la historia que se sacude su polilla para almidonar otra vez los recuerdos y el eslabón que nos ata al tiempo y a la tierra. Estos son los antruejos leales a su propia historia, rito y símbolo que con nuevo vigor redivido se escapa a la vulgarización de un Carnaval global que nos aterra con uniforme planetario y malcopiado.

Pasen y vean en las terrazas paramesas, en las riberas de arada y riego, en los montes donde se perdió Dios y se detuvo la historia, pasen y vean cómo el sentido de la vida es un reírse de la muerte y se esconde en los arcanos de la fiesta gruesa y del pueblo.

Pasen y vean a los hombres-árboles, a los enanos y gigantes, a los barrigones, a los pellejos y vejigueros, a los guirrios, al hombre de las tenazas, a la máscara, la gomia y  el oso.

Pasen y vean cómo se ara las calles y se siembra la ceniza que dicen cernada; cómo dos mozos con pellejo se hacen bueyes de yugo y otro más se arropa de andrajo femenino para convertirse en la abuela, en la imagen de la mujer eterna que auspicia el rito del surco fecundo y la hendidura fértil.

Pasen y vean al guirrio en enaguas, colores y cencerros, guirrio encaretado, guirrio que zumba los zumbos, guirrio que quiebra al toro y rebrinca a las mozas sobre sus cuernos que simbolizan y señalan la fertilidad enhiesta.

Pasen y vean la cachiporrada de Velilla de la Reina, mozos que con una trenza de juncos apelan a la vecindad tocando con ella las puertas: “Allá te va la cachiporra, hasta otro año por ahora”, para que contesten “allá te va la mía, que es polla y no cría”, porque si no abren ni contestan, le amenazan con un “si no quieres responder, mete un cuerno en el culo y aprieta bien” mientras le encisnan con cenizas y tizones.

Pasen y vean. El asombro está listo. Y la fiesta es de quien la trabaja. 

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